Martes,
5 septiembre, 2000
Hoy el cardenal Ratzinger, cabeza de la Congregación
para la Doctrina de la Fe, guardián de la ortodoxia de la Iglesia Católica,
habló en una rueda de prensa en la ciudad vaticana. Afirmó la supremacía
de la Iglesia Católica Romana. Al mismo tiempo hizo una declaración, en
un documento de 36 páginas, rechazando el creciente número de intentos
de retratar a todas las religiones como iguales. Fue todavía otra
afirmación de la primacía de la Iglesia Católica sobre las demás
religiones, y demuestra la fuerza de los conservadores en Roma.
Describe a la Iglesia Católica Romana como:
"...la luz y guía para la salvación
espiritual de toda la humanidad".
También afirmó, respecto a las otras denominaciones
cristianas, que ellas:
"...derivan su eficacia de la
plenitud de gracia y verdad que ha sido confiada a la Iglesia Católica
Romana".
Ante semejantes afirmaciones y declaraciones tenemos que
hacernos algunas preguntas, y buscar las respuestas, como siempre, en la
Biblia, porque sólo ella es la Palabra de Dios.
¿Es suprema la Iglesia Católica Romana?
En su declaración éste es el mensaje, y realmente no
nos extraña, pues no hay nada nuevo aquí, ya que la Iglesia Católica
Romana siempre se ha auto-designado como única y suprema. En la "Constitución
dogmática sobre la Iglesia", (Documentos Completos del Vaticano II,
pág 15), leemos:
"Esta Iglesia, constituida y
ordenada en este mundo como una sociedad, permanece en la Iglesia católica,
gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él..."
Al hablar, ella siempre tiene cuidado de auto-designarse
la única verdadera Iglesia, lo cual asigna un lugar inferior a toda otra
confesión. Luego, como acto de gran tolerancia y gentileza, ella continúa
y dice:
"...aunque puedan encontrarse fuera
de ella muchos elementos de santificación y de verdad, que, como dones
propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica".
(ibid)
De sus labios no esperábamos nada menos, pero para
contestar la pregunta de esta sección necesitamos otro testimonio que el
que la Iglesia Católica da de sí misma. Nos interesa saber: ¿qué dice
la Palabra de Dios? Consultamos la Biblia, y vemos que sí, en un sentido
Roma es suprema. Quizá sin saberlo está mostrando la actitud de la mujer
en Apocalipsis 17, sentada sobre "muchas aguas" (v. 1).
El versículo 15 del mismo capítulo define textualmente qué significan
las aguas: "Las aguas que has visto donde la ramera se sienta, son
pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas". También está
sentada "sobre una bestia escarlata" (v. 3). Y en los versículos
del 9 al 12 explican acerca de esta bestia y sus cuernos: es un gobierno
mundial encabezado por un hombre inicuo llamado la bestia, junto con siete
reyes. En tercer lugar, Apocalipsis 18:7 nos informa de su actitud: "Cuanto
ella se ha glorificado y ha vivido en deleites...porque dice en su corazón:
Yo estoy sentada como reina, y no soy viuda, y no veré llanto".
Y según Apocalipsis entendemos que Roma logrará lo que
tanto desea, que el mundo reconozca que ella es suprema. Poco les falta a
los gobiernos de este mundo para hacer esto. Ella ha tenido el control del
"brazo secular" en tiempos pasados, y desea tenerlo de nuevo,
puesto que aún se cree la única institución divina sobre la tierra y
superior a todas las demás. Pero la Biblia advierte que los días de su
supremacía tienen límite, porque Dios mismo traerá sobre ella castigo y
desolación.
¿Quién es real y eternamente suprema, o supremo? La
Palabra de Dios ha afirmado desde los tiempos de los profetas del Antiguo
Testamento que la supremacía es de Dios. Al profeta Daniel, en visiones
de Dios, le fue revelado el futuro de las naciones de este mundo desde
aquel entonces hasta que Dios establezca Su reino eterno. Usando primero
una gran imagen vista en sueños por el rey Nabucodonosor, y luego una
visión dada al mismo Daniel de cuatro bestias, Dios delinea la "historia
futura" del mundo. Habría cuatro imperios gentiles (Dn. 2:37-40;
7:1-28), y después vendrá el reino final y supremo. "Y en los días
de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás
destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá
a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre" (Dn.
2:44, ver vv. 34-35). Quizá algún teólogo o apologista católico querrá
decir que el texto citado se refiere a la Iglesia. Sería un error grave
pero típico de los católicos. Daniel 7:9-10 dice que después de los
imperios gentiles (las bestias) vendrá: "un Anciano de días...el
Juez", y es obvio que el texto describe a Dios. Es interesante y
edificante leer todo el capítulo, pero vamos ahora a los versículos
26-27, porque dejan claro quién es supremo.
"Pero se sentará el Juez, y le quitarán su
dominio para que sea destruido y arruinado hasta el fin, y que el reino, y
el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado
al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos
los dominios le servirán y obedecerán".
Éste es el reino cuya venida el Señor Jesucristo nos
enseñó a desear y expresarlo en el "Padrenuestro" (S. Mateo
6:10). No el de Roma, sino el del cielo (Dn. 2:44), el cual es eterno. Su
Rey es el Señor Jesucristo: Rey de reyes y Señor de señores. El Padre
le ha dado un nombre que es sobre todo nombre. Toda rodilla se doblará y
toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios
Padre (Filipenses 2:9-11). Dios NUNCA enseña la supremacía de Roma, sino
que exalta a Su Hijo, el Señor Jesucristo como supremo, en el cielo y al
final será reconocido así también en la tierra. S. Juan 5:10 afirma que:
"todo el juicio dio al Hijo", no a la Iglesia Católica.
¿Qué puede ser la mujer sentada sobre las aguas, sobre la bestia, sino
una usurpadora que hace afrenta a la autoridad de Dios? ¡Qué contraste
entre ella y Juan el Bautista, quien dijo:"Es necesario que él
crezca, pero que yo mengüe" (S. Juan 3:30). ¿Desde cuándo quiere
la Iglesia Católica menguar? ¡Nunca! ¡Al contrario, lucha para ascender
a la posición de la mujer de Apocalipsis 17-18, por encima de los reyes y
las naciones del mundo. Y su deseo insaciable de poder es indicativo de su
verdadera identidad.
(continuará)
Roman
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Jim McCarthy
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Carlos Tomas Knott