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5. El Camino Abierto Al Padre
Predicamos el
evangelio a todos, incluso a los católico-romanos, porque contiene
muchas buenas nuevas que alegran el alma, y dan consuelo y ánimo. Son
cosas desconocidas o no entendidas por los que andan en el laberinto del
catolicismo u otras religiones humanas, que basándose sobre las obras y
los esfuerzos de los seres humanos, nunca puede ofrecer en esta vida el
perdón completo y una relación eternamente segura con Dios. Pero, he
aquí una verdad maravillosa, que en el Señor Jesucristo ya tenemos el
camino abierto al Padre.
Ciertamente es
algo nuevo, porque es resultado o beneficio del Nuevo Pacto. El acceso
personal a Dios no era exactamente un rasgo del sistema levítico del
Antiguo Testamento. Cuando Dios instituyó el tabernáculo y el sacerdocio
levítico, quedó claro desde el principio que el pueblo no podía entrar
en la presencia de Dios. Cuando Dios se manifestó sobre el monte Sinaí,
dio órdenes a Moisés para cercar la montaña para que ni siquiera un
animal entrara en ella, para que no muriera. El pueblo se quedó al pie
de la montaña que temblaba y humeaba como un gran horno. La voz que
sonaba era como trompeta, llamando a Moisés a subir. Los demás se
quedaron lejos, y de buena gana, puesto que lo que se veía era tan
terrible que Moisés mismo confesaba que estaba espantado (Hebreos
12:18-21). Luego, cuando edificaron el tabernáculo, la cortina blanca
que lo cercaba impidió no sólo la vista sino también el acceso. Sólo
había una puerta para acceder a los atrios de Dios. Casi nadie entró más
allá de los atrios. Solamente unos levitas podían entrar en la tienda de
reunión, y sólo en el Lugar Santo. En el Lugar Santísimo, donde estaba
el arca del testimonio, el propiciatorio, los querubines de oro, y la
nube gloriosa de la presencia divina, sólo el Sumo Sacerdote podía
entrar un día al año. El acceso a Dios estaba restringido y
estrictamente controlado. También fue así en el Templo de Salomón. Todo
esto comunica algo que el escritor inspirado menciona en Hebreos 9:8,
"Dando el Espíritu Santo a
entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar
Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese
en pie".
Entonces,
estas palabras, "el camino", tenían un significado especial para
el judío en este contexto, porque sabía que con ellas se trataba del
acceso a Dios, de la libertad para entrar con bienvenida a la presencia
del Dios Santo, cosa impensable para un judío. Y más para los gentiles,
que en el templo en Jerusalén sólo podían entrar en cierta zona de los
atrios. El Dios verdadero no admitía al hombre en Su presencia excepto
bajo rigurosas condiciones excepcionales.
Todo esto
suena familiar al católico devoto, porque el Catolicismo Romano, al
imitar y "resucitar" ciertas cosas del judaísmo, ha creado un sistema
que no da libre acceso a Dios. El católico sabe que en una iglesia, al
entrar, está el agua bendita cerca de la puerta, como la fuente de
bronce estuvo dentro de los atrios del tabernáculo y luego del templo.
Luego hay cierta zona de la iglesia donde sólo los sacerdotes y los
monaguillos pueden ir. En muchas iglesias católicas esta zona está
marcada con una valla. Estas cosas, dispuestas así, quieren enseñar al
pueblo que el camino no está abierto, que todavía hacen falta sacerdotes,
sacrificios, ritos de limpieza y procedimiento especial para acercarse.
Y ante lo inaccesible que Dios queda, ¿qué mejor que una constelación de
santos y mediadores a los cuales sí nos podemos acercar? Ellos tienen
acceso a Dios y nos representarán.
Pero la fe
cristiana no es así. No debe calcar ni imitar el sistema levítico del
judaísmo del Antiguo Testamento, puesto que en Hebreos estamos viendo
una y otra vez que es un sistema que ha quedado abrogado. Dios nos ha
dado cosas mucho mejores en el Señor Jesucristo. Otra de las grandes
bendiciones que nosotros los creyentes tenemos en el Señor Jesucristo, y
por la cual debemos predicar el evangelio a los católico-romanos, es la
bendición de acceso directo y personal a la presencia de Dios. No
solamente consiente Dios que nos acerquemos, sino que es más, ¡Él nos
invita! El escritor nos brinda la idea en el 4:16 al decir: "Acerquémonos,
pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y
hallar gracia para el oportuno socorro". Es la invitación no
escuchada bajo la Ley, "acércate", y ciertamente sonaba nuevo y
casi extraño o peligroso a los oídos hebreos. Es un privilegio nuevo que
tenemos los que creemos en el Señor Jesucristo, porque en Él somos de la
familia de Dios (Efesios 2:19). Tan nuevo y sorprendente es el
privilegio de acceso directo a Dios, que tendrá que mencionarlo varias
veces más. En Hebreos 6:19-20 cuando habla del Señor Jesucristo como
nuestro precursor, está nombrando de nuevo nuestro acceso a la presencia
de Dios, ya no más indirectamente, por mediación de sacerdotes y
sacrificios. El texto dice así:
"La cual tenemos como
segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo,
donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote
para siempre según el orden de Melquisedec".
Es otra arruga
nueva en nuestra mente. No dice sólo que Jesús entró por nosotros, sino
que: "entró por nosotros como precursor". ¿Y qué hace un
precursor? El mediador nos representa, pero el precursor precede, va
delante, y nosotros le seguimos a donde está. ¿Dónde está el Señor
Jesucristo? En Hebreos 6:19 dice: "dentro del velo". ¿Qué velo?
Aquel velo nombrado en Hebreos 9:3 y 8, que cortaba el camino al Lugar
Santísimo, el lugar de la presencia de Dios. El Señor Jesucristo ha
entrado allí, como veíamos en el capítulo anterior, y se ha sentado para
quedarse allí: "a la diestra de la majestad en las alturas". Pero
aunque esto da mucho en que pensar para un judío, ¡decir que Él es
nuestro precursor, todavía más! Él nos espera allí, y como nos ha
precedido, y le seguimos, nosotros tenemos entrada a la presencia de
Dios, sin otros sacrificios, mediadores ni rituales. Considera el texto
de Hebreos 10:19-22.
"Así que, hermanos,
teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de
Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del
velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa
de Dios, acerquémonos..."
Ahora estamos
preparados para entender como quizá nunca antes, el significado de las
palabras de nuestro Señor en Juan 14:6, cuando declaró: "Yo soy el
camino, y la verdad, y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí".
Él nos es el camino al Padre, y nos ha abierto la puerta de acceso. Es
una verdad no apreciada y ni siquiera sabida ni creída por muchos de
nuestros queridos amigos los católico-romanos. No saben lo que es tener
acceso a Dios sin sacramentos, sacrificios, sacerdotes, ritos y rezos.
Necesitan toda la jerarquía que la "Madre Iglesia" ha establecido para
comunicarse con Dios, y aun así Él queda muy lejos e impersonal. El lema
"a Jesús por María" enseña que el pueblo católico piensa que María es
más accesible y está más dispuesta a socorrer que su Hijo, ¡y ni hablar
de acercarse al Padre! Esto es triste. No conoce la invitación y el
camino abierto por Cristo, expresados en las palabra: "acerquémonos".
Ya no hay intermediarios y sacrificios. Ya no hay vallas y velos que
impiden el acceso. No oficia ningún sacerdote entre nosotros y el Señor.
Puesto que el Señor mismo ha quitado lo que impide, el pecado, no
solamente entra Él y se sienta sino que también nos invita a acercarnos.
¡Qué bueno! ¡Qué bendición más grande, impensable durante miles de años,
y el Señor Jesucristo lo ha hecho posible con Su sacrificio perfecto y
completado! El camino está abierto, acerquémonos. ¿Cómo lo hacemos?
Hebreos 7:25 dice: "...los que por él se acercan a Dios". Por Sus
méritos y en base a Su sacrificio que ha quitado de en medio el pecado:
"porque con una sola
ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados" (Hebreos
10:14).
Otra vez vemos
a la luz de Hebreos cuán grande es el pecado y la presunción del
Catolicismo Romano, interponiéndose entre los hombres y Dios,
representando mal a Dios y haciendo a las personas perderse en un
laberinto de religión que no es autorizada ni aprobada por Dios. Su
sistema sacramental y sacerdotal oculta del pueblo la invitación divina:
"acerquémonos". Es como si Roma dijera, en efecto: "¡no tan
rápido!¡Qué presumido! ¿Quién te crees entrando así a la presencia de
Dios, tú que no eres nadie ni eres digno?" Y con sus sacramentos,
sacerdotes, y santos mediadores ella pretende hacer al pueblo el favor
de representarle ante Dios. Pero el Dios de la Biblia no quiere ni
acepta su mediación. Habiendo acabado con el sistema levítico del
Antiguo Testamento, Dios no vuelve a establecer otro en el Nuevo
Testamento. Todo se cumple en Cristo crucificado, resucitado y sentado a
la diestra del Padre. Él ha quitado los pecados de los que creen en Él,
y así es sencillamente que el creyente más humilde es bienvenido a la
presencia del Dios Santo y Eterno. Lo que hay que hacer es salir de esta
religión que se ha impuesto entre los hombres y Dios, y creer plena y
solamente en el Señor Jesucristo, porque Él es: "el camino, y la
verdad, y la vida", y NADIE viene al Padre sino por Él.
Carlos Tomás
Knott
continuará
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